Sabemos de sobra el poder que la gratitud y la celebración tienen en nuestros equipos. Pero , o no lo hacemos nosotros, o no lo hacen nuestros equipos. Hay estudios, libros, podcasts, conferencias enteras dedicadas a demostrar que la gratitud mejora el bienestar, las relaciones, el rendimiento, el liderazgo. Neurocientíficos que explican lo que le ocurre al cerebro cuando la practicamos. Psicólogos positivos que la incluyen en cualquier protocolo de salud mental. Expertos en desarrollo personal que la convierten en el primer paso de cualquier transformación…. ¿pero por qué no logramos convertir la gratitud en un hábito en la empresa para la que trabajamos?
Acabo de terminar el libro Las Gratitudes, de Delphine de Vigan. Una novela breve, directa, que te la lees en una tarde y te dura semanas. Su protagonista es una anciana que pierde las palabras — literalmente, por una afasia, algo nuevo que aprendí — y que, antes de perderlas del todo, intenta dar las gracias a quienes cambiaron su vida. A quienes estuvieron cuando nadie tenía obligación de estarlo.
El libro me dejó una pregunta incómoda que no he conseguido quitarme de encima:
¿Por qué esperamos a que sea urgente para hacer lo que siempre fue importante?
La respuesta, creo, no tiene que ver con el tiempo ni con la agenda. Tiene que ver con tres trampas en las que caemos casi todos.
Primera trampa: confundimos la gratitud con un sentimiento, no con una decisión.
Esperamos sentirla para expresarla. Y a veces creemos que expresar emociones muestra debilidades. Menuda tontería. Esperamos el momento en que fluya de forma natural, espontánea, que parezca que lo hacemos sin esfuerzo. Pero los hábitos no funcionan así. No te cepillas los dientes cuando «tienes ganas». No haces ejercicio solo cuando estás motivado. Lo haces porque en algún momento decidiste que lo harías, y punto. La gratitud necesita el mismo tratamiento: dejar de ser algo que sentimos ocasionalmente y convertirse en algo que hacemos deliberadamente. Algo que hacemos porque QUEREMOS hacerlo.
Segunda trampa: nos parece excesivo o nos da vergüenza.
«Va a pensar que exagero.» «No es para tanto, es su trabajo.» «Ya lo saben sin que yo se lo diga.» Son mentiras que nos dejan en una posición aparentemente acomodada. Mentiras que evitan el único precio real de la gratitud: la vulnerabilidad de reconocer ante otra persona que lo que hizo por nosotros importó. Que nos cambió. Que sin ello, algo en nuestra historia y en la de nuestra empresa sería distinto. Eso requiere bajar la guardia. Y en una cultura que premia la autosuficiencia, bajar la guardia sigue pareciendo una debilidad. No lo es. Es exactamente lo contrario. Mostrar gratitud potencia que las personas den lo máximo de ellas mismas.
Tercera trampa: no tiene urgencia… hasta que la tiene.
Y entonces ya es tarde, o casi. La protagonista de la novela lo sabe (no quiero hacerte spoiler) . Nosotros también lo sabemos, en el fondo. Pero lo urgente siempre desplaza a lo importante, y la gratitud — silenciosa, sin fecha de vencimiento aparente — va quedando aparcada, se olvida. Para mañana. O para cuando haya ocasión. Incluso para el townhall… o para la reunión comercial. Pero el momento adecuado nunca termina de llegar.
La gratitud como hábito no requiere un diario, ni un recordatorio, ni una aplicación, ni un ritual de veinte minutos cada mañana. Requiere una sola cosa: convertir el pensamiento en acto en el mismo momento en que aparece.
Cuando alguien te venga a la mente — un colaborador del equipo, tu par, un mentor, alguien que no sea de tu equipo, o una persona que estuvo en el momento justo — y pienses «qué suerte tenerle» o «lo que hizo por mí fue importante»… para ahí. No lo dejes pasar. Díselo ese mismo día. No hace falta un discurso. A veces basta un mensaje de dos líneas. Un whatsapp, de esos cientos que mandas al día, 7 segundos de tu tiempo. Lo que cuenta es que salga de ti, que lo expreses, que lo sueltes porque lo crees.
Los líderes que más huella dejan no son los que más saben ni los que más logros acumulan. Son los que hacen sentir a los demás que su aportación fue vista, reconocida y valorada. La gratitud no es un gesto blando. Es una herramienta de liderazgo de primer orden. Y como toda herramienta, mejora con el uso.
Es un músculo. Y como tal, se entrena.
Empieza hoy con una persona. Solo una.
¿A quién tienes pendiente agradecer algo?
