Comienzo de año. Propósitos, planes, cambios, deseos, ambiciones. Cada uno de enero la misma historia. Que si el gimnasio, que si más tiempo para mi, que si menos tiempo a las redes sociales… y luego no cumplimos nada o casi nada. Siempre mirando a un futuro mejor que el presente actual . Y aunque imaginar es bueno, especialmente cuando las expectativas son ideales, anclar nuestra mente en un futuro mejor de forma permanente es demoledor y muy frustrante. Porque tanto visionado de futuro nos hace perder el foco en el presente, conseguir una ceguera permanente. Y una total falta de disfrute. Y hemos venido a jugar ¿no?
Cada vez veo más personas que no se cortan un pelo a la hora de hablarme de un futuro prometedor. Y en el fon do me trasmiten una profunda tristeza. Y no es por lo que no tienen, sino por su incapacidad para ver lo que ya han construido, lo que pueden disfrutar en el presente. El pasado viernes, y ya parece algo habitual, en una sesión de coaching ejecutivo en mi despacho de Madrid, un cliente me lo confesaba: «No puedo parar. Siempre estoy pensando en lo que viene después. En crecer más. En llegar más lejos«. No hablaba desde la pobreza absoluta, sino más bien desde el éxito. Y aun así, era incapaz de reconocer nada bueno en su presente.
Aquí está la trampa. En la que todos caemos alguna vez en nuestra vida. Claro que puede haber un futuro, mejor. Claro que nos puede tocar la lotería, o heredar cuando esa tía soltera desconocida de Méjico muera sin descendencia. El problema no es tener ambición. El problema es vivir emocionalmente en un futuro que aún no existe. El problema es poner nuestra ilusión en algo que está por crear.
Planificar el futuro es sano, y de hecho yo recomiendo hacerlo con frecuencia en mis cursos sobre gestión del tiempo y productividad. Nos da dirección, nos aporta foco y sentido a lo que hacemos. Pero cuando nuestra mente se ancla permanentemente en lo que aún no ha llegado, el presente se convierte en un simple trámite, en un pasatiempo que a veces pasa rápido y otras lento, pero en el que no ponemos NADA de atención. Es como si estuviéramos permanentemente en una carrera sin meta. En un sin vivir permanente. Y entonces nada es suficiente. Ni los logros, ni las relaciones, ni los avances. Siempre falta algo más. Ponemos solo foco en los errores del presente que nos impiden alcanzar ese futuro prometedor ( e inexistente) .
El futuro tiene una característica peligrosa: nunca devuelve feedback.
Es como la tía abuela de un amigo , que decía que no creía en el cielo cristiano prometido porque » nadie había bajado para contárselo» . El futuro siempre promete, pero nunca se confirma. Por eso engancha tanto. En el futuro todo es posible, todo es mejor, todo está por llegar, todo es de color de rosa. El problema es que, si no somos conscientes, acabamos despreciando el único lugar donde la vida ocurre de verdad: el ahora. Mi amigo Pedro Serrano, coach de vida como yo, me dice que el pasado y el futuro no existen . Uno porque ya ha pasado y el otro porque no sabemos como va a ser. Sólo podemos afirmar y disfrutar de nuestro presente.
A lo largo de mi carrera profesional y personal he visto a muchas personas confundir crecimiento con huida. No quieren evolucionar, quieren escapar de una sensación permanente de insatisfacción. Y cuanto más corren hacia delante, más lejos queda la sensación de disfrute, de plenitud, de » con lo que tengo, tengo de sobra» . Porque no se trata de llegar, sino saber apreciar el desde dónde te mueves.
Vivir el presente no es conformismo, no es resignación ni vaguería. No es decir “me quedo aquí y paso de moverme hacia adelante» . Es reconocer el punto de partida. Es tomar conciencia de quién eres hoy, de lo que ya has aprendido, de lo que ya has superado, de todo lo que has logrado y que en algún momento TIENES que celebrar. Sin ese reconocimiento, el crecimiento futuro se convierte en una carrera interminable agotadora y sin meta.
Cuando no das importancia a tu presente, a tu aquí y ahora , estás entrenando a tu mente para que nunca aprecie nada.
Y entonces, aunque consigas lo que hoy deseas, mañana volverá a parecerte insuficiente. Porque seguirás pensando en un futuro mejor que todavía está sin crear. Y ese es el problema: El peligro de vivir siempre en un futuro mejor
El presente no es el final del camino. Son las cañas que tomaste con amigos ese 26 de Diciembre , cuando no era festivo. Son los encuentros que tuviste en Nochevieja con los primos lejanos de Valencia y que no querías ver y con los que luego disfrutaste como nunca. Es aquel regalo de reyes que no esperabas pero con el que estás jugando como si fueras un adolescente . Ignorar lo que estás viviendo hoy no te hace más ambicioso, te provoca una mayor ceguera sobre tu futuro. Y empezar el año corriendo sin mirar ni apreciar ( de verdad ) dónde estás y todo lo que has logrado no es valentía, es desconexión total. Y te va a provocar enfado y tristeza. Luego no digas que no te lo advertí.
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Antes de llenar este año de nuevos propósitos de adelgazamiento y nutrición, quizá convenga detenerse un momento y hacerse una pregunta incómoda:
¿Estoy siendo justo con la vida que ya tengo, o solo me permitiré estar bien cuando llegue una versión futura de mí que ni siquiera sé si llegará?
Tal vez crecer no consista en llegar más lejos, sino en aprender a estar —y a valorar— donde ya estás.
Reconocer lo que tienes, lo que has construido y lo que hoy sí puedes disfrutar.
El futuro está por llegar. Mientras tanto, la vida sucede aquí. Y el camino, aunque imperfecto, también merece ser vivido.
