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Ladrones del tiempo ¿y si somos nosotros mismos?

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Llevo años dando cursos de gestión del tiempo y productividad. Y os voy a confesar algo que lamentablemente descubro en la mayor parte de los participantes: el mayor ladrón de mi tiempo no es mi jefe, ni las reuniones interminables, ni el tráfico de Madrid. Somos nosotros. Bueno, nosotros y los 47 «duendes» digitales que llevamos en el bolsillo disfrazados de aplicaciones útiles para ahorrarnos tiempo. ¿quieres saber por qué? Pues hoy quiero compartir contigo por qué perdemos tanto tiempo.

Quiero serte honesto por un momento. Tengo pavor a no estar al día y llevo fatal lo de cumplir años. Jamás pensé que esto de la edad me iba a afectar tanto. Y la pasada semana me dijeron que tengo rizartrosis en los dedos gordos de las manos. ¿y eso qué es? pues un signo claro de que la edad no pasa en balde. Y yo me empeño en compensar la edad con querer saber más. Pero eso creo que no ayuda…

El FOMO no es una enfermedad rara. Es el aire que respiramos

FOMO. Fear of missing out. Miedo a perderse algo. Suena a término de revista cool de tendencias, pero es mucho más «de la calle» que eso: es esa sensación difícil de explicar que sientes cuando llevas veinte minutos mirando el móvil . Es abrir Instagram en el ascensor. Es revisar el correo en el semáforo. Es entrar en LinkedIn «solo un segundo» y salir cuarenta minutos después sintiéndote que eres lo peor.

Y aquí viene la parte más difícil de entender: no somos lo peor. Sino que provocamos continuamente ser lo peor.

Cuando instalas una app, aparece la pregunta de forma inocente y sutil: ¿Permitir notificaciones? Y le damos a «Sí» con la misma ligereza con la que aceptamos las cookies. ¡Alegría! Acabamos de invitar a un desconocido a entrar en nuestra casa cada vez que le apetezca, a interrumpirnos cuando quiera, a decidir él qué es importante en nuestra vida. Y luego nos quejamos de que no logramos concentrarnos…

Si, te lo estarás preguntando. Yo también caigo. De hecho, acabo de interrumpir este post para leer un correo que acaba de entrar y que podría haber leído incluso mañana. Y Claude — sí, la IA con la que trabajo mano a mano todos los días y que casi me conoce más que lo que me conocía mi madre — también me distrae de vez en cuando. WhatsApp, ni te cuento. Por no nombrarte a Outlook, sus mails, sus chats y sus avisos. La diferencia no es que yo sea inmune. La diferencia es que decido yo cuándo abro la puerta. O al menos lo intento.

Lo que dice la ciencia (y por qué deberías hacerle caso)

Hay un concepto que me fascina en psicología cognitiva que se llama residuo atencional. Lo definió la investigadora Sophie Leroy en 2009 y describe algo que todos hemos sentido sin saber ponerle nombre: cuando saltas de una tarea a otra, una parte de tu cerebro se queda enganchada en la anterior. No del todo. Pero lo suficiente para que la siguiente la hagas peor. Así que no somos taaan listos como pensamos.

Tu cerebro no hace multitarea. Eso es un mito. Lo que hace es cambiar de tarea constantemente, y cada cambio tiene un coste. Pensamiento más lento, menos precisión, fatiga mental que se va acumulando a lo largo del día. No la notas en la operación individual, pero al final del mes te has dejado media nómina.

Investigaciones recientes en neurociencia lo confirman: el comportamiento orientado a objetivos depende de la corteza prefrontal, que tiene una capacidad limitada. Cuando la sobrecargas con varios objetivos a medio cocinar, los procesos «se molestan» entre sí. Como tener veinte pestañas abiertas en un ordenador con poca RAM. Funciona, pero mal y lento.

Y aquí lo más interesante: hay otro fenómeno llamado efecto Zeigarnik. Las tareas inacabadas se quedan residiendo gratis total en el fondo de tu mente, demandando atención aunque tú creas que estás ocupado en otra cosa. Cada notificación que ignoras pero ves, cada mensaje que lees pero no contestas, se suma a ese ruido de fondo. Y curiosamente, cuanto más concentrado -aparentemente- estás en lo que haces, más caro te sale el cambio. Los profesionales más comprometidos con su trabajo son precisamente los que más sufren cada interrupción.

Léelo otra vez: tu compromiso te hace bueno, y también te hace vulnerable.

El ritual que practico todas las semanas (igual que lavarme los dientes 3 veces al día)

Hace tiempo que tomé una decisión que cambió mi forma de trabajar. Cada vez que instalo una app, antes incluso de empezar a usarla, voy a ajustes y desactivo las notificaciones. Todas. Por defecto. Y los viernes repaso qué notificaciones están activas y por qué.

Si descubro que necesito alguna concreta — la del banco para fraudes, la de calendario para reuniones, poco más — la activo. Pero el punto de partida es el silencio total. No el ruido.

Lo hago como me lavo los dientes. Sin pensarlo. Sin dramatismo. Es un hábito de higiene. Higiene de la atención.

¿Y sabes qué? Sigo teniendo FOMO. No soy un monje budista, lo se. Sigo sintiendo la cosquilla de mirar el móvil, el impulso de abrir el correo, la curiosidad por saber quién me ha escrito. La diferencia es que decido yo cuándo. Abro WhatsApp cinco veces al día, no treinta. Miro el correo en bloques, no cada vez que vibra. Las redes sociales, cuando tengo un momento, no cuando ellas quieren tenerme. ( y más de lo que debería, a pesar de tener miles de seguidores que demandan mi atencióN)

Nadie decide por mí cuándo levanto la vista del trabajo importante. Nadie excepto yo.

El hábito que separa a los buenos profesionales del resto

La buena noticia — y aquí es donde la ciencia se vuelve esperanzadora — es que el residuo atencional no es una condena. Es un hábito. Y los hábitos se cambian. ¡pero cuesta mucho!

Cuatro cosas que funcionan, probadas en investigación y en mis cursos para empresas y profesionales:

Crear pequeños rituales de cierre antes de cambiar de tarea (anotar el siguiente paso, resumir en todoist en una línea dónde te has quedado). Agrupar tareas similares en bloques. Trabajar en intervalos largos e ininterrumpidos en lugar de períodos cortos y picoteados. Y sobre todo, gestionar las interrupciones antes de que ellas te gestionen a ti.

Esto último es donde la mayoría perdemos la batalla. Porque la verdadera lucha no es contra el móvil. Es contra la pequeña parte de nosotros que quiere ser interrumpida, porque interrumpirnos es más fácil que pensar cómo lograr no hacerlo.


¿Te suena esto? ¿Reconoces el patrón pero no sabes por dónde empezar a romperlo?

En mi curso de gestión del tiempo y productividad empresarial trabajo precisamente esto con equipos directivos: identificar a los ladrones del tiempo (notificaciones, reuniones, correo, redes), entender por qué nuestro cerebro funciona como funciona, y construir hábitos concretos para recuperar el control. Curso bonificable por FUNDAE, presencial u online, adaptado a las necesidades de tu compañía.

Si quieres que hablemos, solicita presupuesto aquí y te lo envío de inmediato.

Porque el tiempo que no gestionas tú, te lo gestionan otros. Y suelen cobrártelo caro.


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