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Cómo olvidar a alguien que te hizo daño

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Nuestra mente es retadora. Y a pesar de practicar meditación a diario, muchas veces se empeña en anclarse en un pensamiento que cuanto menos no nos permite pensar en otra cosa. Y el dolor sentido y la necesidad de olvidar a quien nos lo provocó, está en lo alto de la lista de pensamientos indeseados. Hoy comparto contigo todo lo que la vida me enseñado para saber cómo olvidad a alguien que te hizo daño.

El jueves de la semana pasada impartí un taller sobre gestión de conflictos a un grupo de futbolistas de la Premier League. Jugadores de élite, acostumbrados a la presión, a las cámaras, a los vestuarios donde conviven diez nacionalidades y veinte egos. Y al reto de los egos se sumaba el de dar un curso en un idioma que no es el tuyo. Mi padre siempre decía que por muy bien que hables una lengua, si no es la que aprendiste de pequeño, pierdes fuerza. Pero salí contento y ellos ( la verdad es que no se conectó ninguna chica aunque estaban convocadas) , creo que también.

En un momento del taller, cuando hablaba de la importancia de la empatía, uno de ellos me preguntó:

«¿La mejor herramienta para resolver un conflicto es la empatía, verdad?»

Le dije que no. O al menos, no del todo o no sólo.

La empatía es un primer paso. Pero hay algo anterior, algo que la mayoría saltamos sin darnos cuenta. Y sin ese paso previo, la empatía no funciona. Cuando era pequeño , me enseñaron que la empatía era ponerse los zapatos de la persona que tienes delante… Pero estaban olvidando decirme que lo primero era quitarte tus propios zapatos.

Porque si no te los quitas, ¿cómo vas a ponerte los de nadie?

Llevamos nuestras experiencias, nuestros juicios, nuestras creencias. Y cuando alguien piensa distinto, reaccionamos. Nos irritamos. O peor: juzgamos. Y a veces lo hacemos en directo, SIN escuchar nada de lo que justifica el pensamiento de la persona frente a nosotros. Eso se llama ver la realidad del otro con tus propios zapatos puestos. Y eso, créeme, no funciona. Porque sigues viendo tu propia realidad y no la del otro.


Aceptar. No tolerar.

Hay una diferencia enorme entre tolerar y aceptar. Tolerar implica aguantar. O incluso entender que otros piensen mal sobre aquello sobre lo que estás tolerando. Tiene un coste. Hay una cierta tensión detrás de tus palabras, y se nota. Aceptar es otra cosa. Aceptar es reconocer que otra persona puede tener una forma de pensar radicalmente distinta a la mía… y que eso no la hace ni mejor ni peor. La hace diferente.

En entornos empresariales esto es crítico. Trabajamos con personas que tienen visiones del mundo opuestas a la nuestra. Con estilos de liderazgo que nos chocan. Con valores que no compartimos. Con jefes que sólo saben ejercer su liderazgo de una manera que detestamos. Y sin aceptación, cada conversación se convierte en una batalla.

Con aceptación, se convierte en información. Pasas a ser pragmático. Profesional.

Aceptar no te hace ser más blando y pasar por la vida sin opinar. Te hace más eficaz. Y además, te libera de un pensamiento que puedes usar para otras cosas más satisfactorias.


Segunda parte: la compasión.

Cuando alguien me ha hecho daño —y en mi vida ha habido algún momento de esos, especialmente con personas queridas— he descubierto que hay algo más potente que el perdón. Pero mucho más: la compasión.

Pero no en el sentido religioso. No como acto de generosidad hacia el otro ( que por supuesto si quieres practicar es maravilloso) .

Para entender la compasión a mi me ayuda mucha separar la palabra en dos : Con Pasión.

Tienes que hacer un ejercicio de imaginación que consiste en ponerte por un momento en la vida de esa persona. No en su lugar en el momento del conflicto. En su vida entera, la que le ha tocado vivir. En su historia. En lo que le tocó experimentar para llegar a ser quien es ahora. Porque nadie hace daño desde la plena consciencia. Nadie provoca dolor siendo consciente del daño de sus actos.

Cuando alguien te hace daño, es porque su vida – desgraciadamente – le enseñó que así se hacen las cosas. Y lo que para ti es daño y dolor a lo mejor no lo es – o no tanto – para la otra persona.

Y cuando entiendes eso —de verdad, no como argumento intelectual, sino como comprensión profunda— algo cambia. La famosa técnica de gestionar conflictos mediante el re-etiquetado. Esa persona deja de ser una mala persona. Se convierte en alguien que, simplemente, no tuvo las herramientas para hacerlo mejor, no vivió la vida que todos merecemos vivir.


No hace falta que te vayas de copas con esa persona. La aceptación y la compasión no es para eso.

No se trata de reconciliarse. No se trata de volver a ver esa persona y hacer como si nada hubiera pasado. De hecho, sigo pensando que cuanto más lejos esté, mejor. Se trata de que mi mente no invierta ni un segundo más en alguien que ya no merece ese espacio. Que pasemos de la «pre-ocupación» a la ocupación. Y ocuparse implica decidir que ya no merece la pena estar anclados en el rencor.

La aceptación más la compasión no son filosofía. Son una técnica emocional que al menos a mi me ha ayudado ( y mucho ) a aceptar que las personas que me hicieron daño no merecen un lugar en mi pensamiento. Te permiten olvidar de verdad. No fingir que perdonas. Olvidar.

Y si al leer esto crees que tu empresa necesita una sesión de formación en gestión de conflictos, me encantaría poder ayudaros. ¡porque además creo que los conflictos son super necesarios si quieres tener un resultado empresarial satisfactorio! Pero eso requiere de otro post… que ya escribiré. ¡feliz semana!


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