Cada vez más llegan a mi consulta clientes con una carga brutal de estrés. Llevan noches sin dormir. Porque asumen mucha responsabilidad, pero sobre todo , basan su estrategia en la excelencia. ¿y sabéis lo peor? Que lo pagan con sus colaboradores… Bendito equipo de trabajo que sabe levantar una red flag cuando ya no puede más… y a veces ya es demasiado tarde porque algunos de ellos han caído en un burnout insoportable.
Hay líderes que no se miden a si mismos por lo que disfrutan, sino por lo que se exigen. Y cuando las cosas van bien no pasa nada. Pero cuando van mal e influye en su vida privada ( discusiones acaloradas, noches sin dormir, cansancio generalizado) Y miden su éxito profesional no por lo que celebran, sino por lo que aún les falta. Son los típicos del vaso siempre medio lleno. Y son personas altamente responsables, comprometidas, incansables. Pero también profundamente insatisfechas. Porque viven atrapadas en UN SOLO PENSAMIENTO maligno y peligroso: cuando nunca es suficiente.
Siempre hay algo más que hacer. Algo que mejorar. Algo que corregir porque no funciona del todo bien.
Un problema que resolver. Un objetivo nuevo que añadir a la lista. Y así, sin darse cuenta, convierten su vida en una carrera infinita donde la meta se mueve constantemente unos metros más adelante. No llegan nunca al final. Porque el final no existe. Y lo más grave: no se permiten llegar.
En muchos procesos de coaching ejecutivo aparece este patrón que se repite una y otra vez en clientes directivos con una claridad brutal. Líderes que confunden exigencia permanente con valor personal. Que sólo se permiten sentirse válidos en lo que hacen cuando están agotados. Cuando se respetan a sí mismos es cuando están al límite. Que sólo se sienten líderes cuando aprietan. Y el problema adicional surge cuando no lo hacen con ellos solos, sino con los demás.
«Son todos unos vagos «, me decía el otro día un cliente. Y yo le dije » a ver si los vagos va a ser que disfrutan -también- de su vida personal «
Porque aquí está la otra cara incómoda del asunto: la exigencia que no se sabe controlar termina derivando en una presión terrible sobre el equipo en forma de violencia elegante y a veces entendida como «normal» . Desde fuera no es una tiranía como tal, es lo normal en cualquier negocio. Pero desde dentro es algo terrible: es una presión constante, silenciosa, normalizada. Se exige rendimiento, disponibilidad, resultados, rapidez, perfección… pero apenas se permiten fallos, pausas, dudas o cualquier síntoma de cansancio o debilidad «humana» …
«Dicen que les trato como máquinas, pero bien que disfrutan del bonus de fin de año… para mi lo único que funciona con ellos es el látigo… y para ellos también»
Lo curioso de estos líderes es que suelen pensar que lo hacen desde el deber, desde el compromiso con sus accionistas, o incluso desde el amor por su trabajo. Y muchas veces es verdad. Pero también es verdad otra cosa que rara vez se atreven a entender, a visualizar en su interior: en el fondo, no saben vivir sin exigirse, porque al otro lado tienen un vacío enorme. Porque parar les enfrenta con el silencio de no servir para nada, de no disfrutar con nada que no sea su trabajo.
Y al final siempre surge la misma pregunta incómoda: “¿Quién soy yo si no lo estoy dando todo en mi trabajo?”
Y entonces, con el paso de los años, es cuando curre algo aún más trágico. Llega la temida jubilación. Las vacaciones largas. Llega el tiempo, por fin, ese que nunca sabían encontrar por siempre les faltaba. Y no saben qué hacer con él. No lo disfrutan. No descansan. Se sienten culpables por no estar haciendo nada “útil”. Siguen trabajando “porque quieren”, pero en realidad trabajan porque no saben dejar de obedecer al juez interno que ellos mismos han creado.
Una vez una psicóloga me preguntó que quién me exigía… tras pensarlo, creí que eran mis padres, que siempre me habían querido inculcar el valor del esfuerzo continuo…. pero ella muy seria me dijo. » no, no son tus padres, son los padres que tú te has querido comer, los que te hablan desde tu cerebro»
Este es el coste oculto de la exigencia y el esfuerzo cuando no se entienden bien: que te roban la capacidad de celebrar aquello por lo que -también- merece la pena vivir. Y resulta que nunca es suficiente lo que has conseguido. Nunca te reconoces. Nunca paras a mirar y a celebrar con los tuyos lo mucho que has conseguido. Siempre falta algo más. Siempre tú eres el primero en fallarte. Y cuando tú te tratas así, tarde o temprano también tratarás así a otros. Aunque no lo sepas, o -incluso- nunca te lo digan.
Por eso hay una idea que siempre introduzco de forma casi incómoda en mis sesiones:
Jamás te rodees de gente que te admire todo el tiempo. Rodéate de gente que tenga el valor de decirte en qué no eres bueno. De señalarte cuando cruzas líneas que jamás debiste cruzar. De devolverte una verdad que a veces no te apetece escuchar. Porque la admiración constante anestesia. Pero la verdad, aunque duela, te mantiene humano, y te hace más humano frente a los demás.
El líder que solo se permite escuchar aplausos termina creyéndose el rey del mambo, el mejor líder que la tierra ha podido creer. Y el que cree que no se equivoca, deja de aprender. Y el que deja de aprender, empieza —sin darse cuenta— a convertirse en una versión rígida, exigente y muy muy peligrosa, de sí mismo.
La exigencia y la cultura del esfuerzo son motores poderosos. Nadie lo discute. Gracias a ellos muchas empresas triunfan, se lideran equipos con altas capacidades , y se superan retos imposibles. Pero cuando la exigencia no convive con la voluntad de a quien exigimos, algo hacemos más, incluso si se trata de nosotros mismos. Si no aguantamos el disfrute, el reconocimiento o el descanso, nuestra exigencia deja de ser motor y se convierte en una prisión en la que no sólo estamos nosotros, sino todos los que nos rodean.
Quizá la pregunta más incómoda para muchos líderes no sea si están logrando resultados. La pregunta de verdad es esta:
¿estás viviendo de verdad o solo estás cumpliendo contigo mismo como si la vida fuera una obligación permanente?
Porque liderar no es solo saber exigir/se. Liderar también es saber parar, agradecer, celebrar, soltar… y, sobre todo, no convertir tu autoexigencia en la medida con la que castigas al mundo. DISFRUTA DEL CAMINO…. y aprende a reconocer las metas en las que hay que celebrar los éxitos conseguidos.
