Muchos sitúan el origen en el COVID. Y probablemente tienen razón. El confinamiento no solo nos encerró en casa; nos entrenó a no salir de nosotros mismos, a quedarnos en nuestro mundo sin que nadie nos pudiera decir nada. Nos acostumbró a relacionarnos menos, a respetar la ausencia de contacto físico y a sustituir la presencia real por la pantalla con una cámara de por medio. Lo que en aquel momento fue una adaptación necesaria, hoy se ha convertido en hábito. Con lo que nuestra crear hábitos en nuestra vida profesional.
Madrid. Cualquier casa de padre, madre y dos hijos. Da igual el día de la semana, por ejemplo un martes. 21 horas. Alguien ha hecho una pizza ha dejado la mitad en la encimera de la cocina. Por ese mismo espacio van pasando el hijo, el cocinero pizzero, la hija, que hoy no tiene hambre y decide abrir un yogur, y el padre y la madre.. que comen un trozo cada uno sin retirar su mirada del teléfono móvil. Todas las noches igual, apenas hay palabras. » Ya recojo yo» ..
Cada noche la misma rutina, la de los Ipads y los móviles. Cada uno en su cuarto. Cada uno con sus airpods, silencio total. Cuando yo era pequeño, en el colegio me enseñaron los desastres de la humanidad: las crisis económicas, pandemias, las revoluciones industriales que tantos puestos de trabajo destrozaron,.., el cáncer y la peste. Pero nadie nos avisó de la más silenciosa de todas. La soledad.
La soledad es la mayor pandemia del siglo XXI. Y no somos capaces de verlo.
La soledad no hace ruido. No ocupa titulares diarios ni en Internet ni en los periódicos de papel.
Ni colapsa hospitales de forma visible. Pero está ahí, creciendo, extendiéndose y normalizándose hasta el punto de que hemos dejado de cuestionarla. Damos por hecho que la soledad ha llegado para quedarse. Y nadie tiene niños. Pero todo el mundo tiene perros o gatos… Hay mucha más gente sola de la que crees. Porque la soledad no tiene nada que ver con el número de personas que habitan bajo un mismo techo. Ni siquiera eso sirve de antídoto para esta pandemia silenciosa.
Al final del Covid pudimos salir de casa, es verdad. Volvimos a la oficina, también. Pero algo cambió incluso en la forma en la que nos relacinábamos con nuestros compañeros. Hoy bajamos a comer o vamos a la cantina con compañeros de trabajo porque tenemos hambre, no porque queramos compartir. Nos sentamos en la misma mesa, pero cada uno está en su mundo. Conversaciones superficiales, silencios incómodos o directamente móviles sobre la mesa. No hay intención real de conectar, solo de cumplir con el acto social mínimo de comer acompañado. ( debo ser de los pocos españoles que confieso que no me importa nada comer o cenar solo en un restaurante, porque hay días que creedme que lo necesito) .
Después volvemos a casa. Y ahí, en teoría, debería empezar la vida personal. Pero no.
Nos encerramos en nuestra habitación, abrimos la tablet o el móvil y consumimos contenido hasta que el día se apaga. No hablamos. No escuchamos. No compartimos. Y lo más peligroso: nos engañamos.
Creemos que no estamos solos porque tenemos seguidores. Porque alguien da “like”. Porque recibimos mensajes en WhatsApp. Pero eso no es conexión. Es estímulo. Es dopamina rápida y perversa. Es una ilusión de compañía que desaparece en cuanto se apaga la pantalla.
Estamos más que nunca hiperconectados… y profundamente solos.
El problema no es solo la tecnología. Es el uso que hacemos de ella. La hemos convertido en sustituto en lugar de complemento. En refugio en lugar de herramienta. Y ahora llega un nuevo acelerador: la inteligencia artificial.
El primer uso que se le da a la inteligencia artificial en Estados Unidos es el de la terapia por parte de adolescentes y jóvenes . La IA es brillante resolviendo problemas ( lo sigo flipando con Claude) , optimizando procesos, incluso simulando conversaciones. Pero ahí está el riesgo. Si empezamos a cubrir nuestras necesidades emocionales con IA’s artificiales, la conexión humana —imperfecta, incómoda, real, pero maravillosa— se volverá prescindible. Y ese es un terreno peligroso.
Puedes estar en reuniones todo el día, intervenir, opinar, incluso liderar… y no tener una sola conversación real. De esas que empiezan con un “oye, ¿tienes un momento?” y acaban en algo más profundo de lo esperado. De esas donde no hay agenda, donde no hay objetivo, donde simplemente hay presencia y escucha empática. La conexión humana no se agenda en Outlook. No se mide en KPI. No se optimiza. Aparece a veces en un ascensor, en una máquina de café, o en la comida de un sandwich frente a la máquina de vending. Es una conexión que se siente. Y la estamos perdiendo.
¿cuándo fue la última vez que tuviste una conversación sincera y de verdad con alguien?
No me refiero a un intercambio de información. Tampoco a una reunión. Una conversación. No un repaso frente al scoreboard de objetivos.
Si para acordarte de esa conversación tienes que pensarlo demasiado, el problema ya no es social. Es un problema tuyo. Y esto no se va a arreglar solo. Tienes que ponerte manos a la obra ya , o acabarás solo.
No basta con culpar a la tecnología, la IA, al trabajo o al ritmo de vida frenético que todos parece que llevamos. Cada uno de nosotros está tomando pequeñas decisiones diarias que alimentan esta epidemia: no llamar, ni preguntar, ni siquiera profundizar, no exponerse. Conectar implica muchas veces riesgo. Implica incomodidad. Significa conocer la verdad que hay detrás de cada uno de nosotros. Pero también es lo único que combate la soledad de verdad.
La epidemia del 2026 no se va a curar con más innovación. Se va a curar con más humanidad. A pesar de la IA todavía hay esperanza. ¿y tu qué opinas?
